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martes, 5 de julio de 2016

EL MILAGRO Manuel Mejia Vallejo

EL MILAGRO

MANUEL MEJÍA VALLEJO

Tomado de : http://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/almamater/article/view/15035/13125



Suena la primera campanada de las ocho.

Frente a la iglesia, y señalando con todo su cuerpo el reloj que empieza a disgregar sus horas, se hallan los trece años de Juan Montiel, años llenos de cuatro hermanos menores, de un cuartucho destartalado, de una madre silenciosa como dolor bien sufrido.
La oscuridad circundante, cien tejados, cuatro calles, su alma y su impulso indican las ocho de la noche, que graban en sus facciones una decisión preludio del rezo violento y la fe bárbara, algo que oscila entre el éxtasis y el asesinato.

Con la desesperación en su rostro, tal una inmensa cicatriz, Juan cree hallarse en el momento en que se resuelve o no a ser hombre: en las ocho de la noche exactamente. Al darlas, su corazón dobla por la muerte del otro, del niño, Juan Montiel.
El reloj entrega la segunda campanada de las ocho.
La miseria, hereditaria en su familia desde generaciones atrás, le talló un rostro pálido con ojos alargados, barbilla movible, pómulos en ángulo, frente de hombre prematuro.


Hasta una hora antes —justamente una— Juan era el siempre silencioso, con ese silencio hermano de la pobreza y del grito. Mientras su madre cosía, ya muy altas las noches o en madrugadas húmedas, él ayudaba desde un rincón sin hablar palabra.
—Juan —decía ella—, debes acostarte.

—Recemos primero, madre.

En su frase llameaba una irremediable convicción, una resignada fe que pedía a San Rafael antes que todo, antes que la salvación eterna, pagar el arrendamiento del cuchitril donde malvivían. Así no se aparecería don Jenaro en el umbral a proferir amenazas que eran ya un tic-tac desesperante.
—Tres meses y dos días de alquiler. O pagan, o tiro fuera a ustedes y sus cacharros.
El reloj de la iglesia suelta la tercera campanada.
El mismo traje, la misma voz, el mismo grito callado; esa monotonía de la miseria  con nombre propio: don Jenaro. Un lugar común, ridículo de tanto, de tan inútilmente repetirse, y que para Juan alcanza a ser desoladamente verdadero.
Sentía deseos de llorar cuando miraba el rostro de su madre, los anteojos de carey, las sienes prematuramente blancas, aquellas fundas de tela burda, esas manos de abuela, esa boca sellada por dos amargos paréntesis. Tristeza, cariño y lástima se le fundieron para dar nuevo afecto con llanto al fondo. Pero Juan Montiel no sabría razonar, sólo un día se aventuró a romper con el diálogo su soledad como con una piedra un vidrio:
—Son malos estos ricos, madre.


—También los pobres somos malos, hijo.


El joven se avergonzó ante las palabras que se extendían con suavidad azul de humo. También él era malo, tal vez de ahí provinieran aquellos miedos disfrazados de fantasmas en las noches desesperadamente largas. No, Juan Montiel nada podría decir con firmeza: sólo tenía fe.
El reloj queja la cuarta campanada.

Tan mínimo el milagro pedido, tan grande la necesidad. Ya en el alma suya: en la de su madre y don Jenaro ocupaba un espacio que se extendía a la mitad de su súplica. En la mala comida, en la oración, en el sueño, en los  bravos silencios entre zumbar y zumbar de la máquina   de   coser,   don   Jenaro   se asomaba.

metamorfoseado en interrogación a la inversa, convertida en gancho: de él colgaban la madre, el hijo, los hermanos menores. Juan recordaba los horcones en la carnicería.

—¡Si no fuera tan tímido el muchacho! —se decía la madre. En esa timidez veía estrecheces sin respuesta, una timidez cuajada de prematura resignación, de fe elemental que San Rafael desde su buen sitio en el cielo le tendía en suave manta. Quizás si San Rafael viviera en un cuchitril y si en lugar del buen Dios le hablara don Jenaro… Pero Juan Montiel evita pensar,  ya el milagro se obrará, tiene que obrarse.
El reloj acaba de dar la quinta campanada.

Antes de sonar la sexta, Juan, todavía frente a la iglesia, sabe que están dando su hora, ve la necesidad de encontrarse solo, de orar en el  día
—en la noche— de San Rafael. Se aproxima entre la oscuridad a un portón mientras el otro  es cerrado con humano crujir por el sacristán que tararea un responso. A esa hora, a las ocho  y cinco campanadas casi seis, la iglesia debería reposar con tranquilidad de niño que duerme, llena de imágenes celestiales y en nichos fabricados por el mismo Dios.
Con movimientos de quien pasa un contrabando religioso, Juan Montiel se introduce por la puerta  libre  rumbo  a  la  sacristía.  El  silencio
erizado de figuras espectrales le infunde un pavor sólo comparable a la urgencia de pedir nuevamente el milagro, tan humilde, que sería imposible no ser oído.
La sexta campanada se desgaja del reloj como  el vuelo de un búho.
El rincón de la sacristía donde se halla San Rafael es más oscuro que el más oscuro rincón de la iglesia. Juan, bulto de pavor y fe, se arrodilla sin decir nada. Ni a él, ni a la escultura, ni al silencio. Saca de un bolsillo sus únicos cinco céntimos y los introduce por la ranura de la alcancía del santo. Al dar la suya contra las otras monedas, se escapa ese ruido, sensación de algo perdido irremediablemente.
Toma entonces una cerilla, prolongación llameante del temblor en sus manos, y enciende una lámpara de aceite que parece oscurecer más, por el contraste tímido que entabla, las sombras de la sacristía. Nada pide, seguro de que el santo traducirá ese silencio colmado por su madre, sus hermanos menores, don Jenaro, el cuartucho donde malviven. En el reclinatorio frente a la imagen sostiene la cabeza entre sus dedos, hecho una oración en forma de niño, casi de hombre. Únicamente sabe que resbalan algunas lágrimas hasta las comisuras de sus labios.

En el espacio se desvanece el eco de las ocho campanadas que ha pulsado el reloj desde su torre.
Una...

Se sobresalta la primera campanada de las ocho entre la espesa oscuridad. Contra su máquina de coser, la madre también empieza a oír esas horas nocturnas, esas fieras ocho de la noche, las más agrias de su vida después de aquéllas — tres años antes— en que su marido murió en la fábrica luego de irse agotando como alcancía de pobre.
¡Dos!
Las campanadas acompasan otra desesperación: su hijo —Juan el bueno, Juan el tímido, su san Juan Montiel- no ha regresado. Hasta hoy fue cumplido, jamás le produjo voluntariamente un dolor, ni en el parto. Por ella cumplía en la tienda oficios de aseador y mandadero. Cuando recibía su escaso jornal cada semana, silenciosamente se lo entregaba anudado en un pañuelo de color, excepto unos céntimos con destino a la lamparilla de San Rafael.
¡Tres!
Claro, este día no ha sido igual a otros. Una  hora antes —exactamente una, eran las siete  de
la noche— Juan seguía siendo el tímido de siempre. Pero… —la madre revive la escena de las siete: el reloj había botado su última hora, cuando la humanidad de don Jenaro, caricatura de su alma, apareció con su faz prognata, sombrero blanco, saco gordiflón a rayas, pantalones negros.
¡¡Cuatro!!

Primero asomaron las botas chirriantes; después el bastón, la panza, el bigote. Por último, el cuarto fue sólo don Jenaro. Detrás, en sombra suya, una gran desesperación  espolvoreaba hasta el zarzo.

Con ojos demasiado abiertos para que en ellos cupiera el terror, Juan se levantó del sitio habitual donde cortaba piezas de tela que luego cosería su madre.
¡¡¡Cinco!!!

—Usted tiene razón —hablaba ella—; no nos bote a la calle; mañana le... ¡Sin luz no  podemos trabajar!
—Ordené cortarla. Si no pagan mañana, ya saben.
Juan miraba al hombre como quien mira a un volcán  que  de  pronto  irrumpe  en erupciones.



como a una piedra que ha de caer, y sin modo de evitar el golpe. Antes de que don Jenaro saliera, se levantó para lanzarle con rabia sollozante un taburete que se desprendió como parte de él mismo.
¡¡¡Seis!!!

Eso pasó, y por revivirlo se da la madre con los dedos angustiosos masajes en los brazos. Otea por el ventanuco —dando la impresión de buscar su propia mirada— y ve en la mitad de  la calle, en aceras y caños, en los tejados, en la iglesia, en toda parte, al hijo que por ninguna aparece. Solamente la silueta de un borrachín al tartamudear una canción curva y desentonada como su andar sobre las piedras.
¡Siete!

¡¡Ocho!!

Una, dos, tres. Cuatro. Cinco.

Cinco de la madrugada. De las campanas van saliendo las luces del día como de una colmena que despierta. El último campanazo se riega en ripio sobre el barrio obrero. Todavía orando, la madre oye los pasos del hijo, lo ve entrar más pálido que nunca. Rastro de llanto en los ojos. Gotas de sudor en su frente ancha. En esa frente de hombre de trece años.

Con ritmo lento y una arruga recién nacida en el ceño, Juan llega severo a su madre, aguarda a que a ella se le pase la emoción interrogante y  se sienta, para depositar el dinero del milagro sobre la funda de viuda pobre. Y acuclillándose en el rincón empieza a ayudarla igual que otras veces, entre un silencio lleno de campanadas donde ella adivina un cambio absoluto.
Con un estremecimiento que enceniza el ánimo, recuerda él la noche pasada en el oratorio de  San Rafael, donde conoció toda clase de fantasmas, oyó las más extrañas voces, los más contradictorios susurros de santos y demonios. Algo le tiembla y se hiela en el corazón de trece años.

—Tengo frío, madre. Deme café.

Ella nota por esa voz un vuelco en el alma de su hijo. Mientras sorbe lentamente el café con humo, sabe que cada hora será la suya. La una, las dos, las diez. Todas las horas de todos los relojes le anunciarán su transformación. Él mismo será un reloj de sangre —corazón de trece años por péndulo— que dará ya las ocho de la noche, ya las cinco de la madrugada. La una, las dos…
—¡Pero, hijo! —vuelve la madre lacerándose  en la pregunta—, ¿en qué forma obtuviste el dinero?

Él la mira fijamente.


—Madre —dice en tono que no admite elasticidad del sentido exacto, macizo, inapelable—: Jamás me pregunte cómo fue el milagro.

Y vuelve a su trabajo con movimiento de manos acompasado, preciso, lleno de dolorosa seguridad. Sólo oye las horas de su pecho, y — a las cinco de la madrugada— la chillona voz del sacristán, cuyo eco se reproduce progresivamente en honda caverna y le habla con insistencia de péndulo:

—¡Han robado la alcancía de San Rafael! ¡Han robado la alcancía de San Rafael!

Sereno por fuera, hecho un alarido por dentro, Juan Montiel sabe únicamente que su vida de hombre ha comenzado.

Maracaibo, abril de 1951.