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sábado, 10 de junio de 2017

ESTORBAR de / GUSTO - Javier Gm


Yo también  dibujé corazones con flechas en las libretas, 
en las paredes, cortezas de pino,
detrás de las puertas en los váteres del bar,
y cómo no, 
en los propios brazos
(algunos con gotitas de sangre que se derramaba hasta el codo)
y ahora que esto me ha venido a la cabeza, me doy cuenta
de lo estúpidos que fuimos, 
en vez de  coger un libro o haber ido al grano,
hacíamos el indio, 
pintamos en la piel los símbolos premonitorios
de lo que aun hoy sigue siendo

una de las mayores derrotas.

Tomado de: García, Javier. ESTORBAR de/GUSTO. Pliegos de la palabra. Ed Babilonia. España. 2013. p. 23.

BEATRIZ- LA POLUCIÓN- MARIO BENEDETTI

Beatriz, la polución

[Cuento - Texto completo.
Tomado de http://ciudadseva.com/texto/beatriz-la-polucion/
Mario Benedetti

Dijo el tío Rolando que esta ciudad se está poniendo imbancable de tanta polución que tiene. Yo no dije nada para no quedar como burra pero de toda la frase sólo entendí la palabra ciudad. Después fui al diccionario y busqué la palabra imbancable y no está. El domingo, cuando fui a visitar al abuelo le pregunté qué quería decir imbancable y él se ríó y me explicó con buenos modos que quería decir insoportable. Ahí sí comprendí el significado porque Graciela, o sea mi mami, me dice algunas veces, o más bien casi todos los días, por favor Beatriz por favor a veces te pones verdaderamente insoportable. Precisamente ese mismo domingo a la tarde me lo dijo, aunque esta vez repitió tres veces por favor por favor por favor Beatriz a veces te pones verdaderamente insoportable, y yo muy serena, habrás querido decir que estoy imbancable, y a ella le hizo gracia, aunque no demasiada pero me quitó la penitencia y eso fue muy importante. La otra palabra, polución, es bastante más difícil. Esa sí está en el diccionario. Dice, polución: efusión de semen. Qué será efusión y qué será semen. Busqué efusión y dice: derramamiento de un líquido. También me fijé en semen y dice: semilla, simiente, líquido que sirve para la reproducción. O sea que lo que dijo el tío Rolando quiere decir esto: esta ciudad se está poniendo insoportable de tanto derramamiento de semen. Tampoco entendí, así que la primera vez que me encontré con Rosita mi amiga, le dije mi grave problema y todo lo que decía el diccionario. Y ella: tengo la impresión de que semen es una palabra sensual, pero no sé qué quiere decir. Entonces me prometió que lo consultaría con su prima Sandra, porque es mayor y en su escuela dan clase de educación sensual. El jueves vino a verme muy misteriosa, yo la conozco bien cuando tiene un misterio se le arruga la nariz, y como en la casa estaba Graciela, esperó con muchísima paciencia que se fuera a la cocina a preparar las milanesas, para decirme, ya averigüé, semen es una cosa que tienen los hombres grandes, no los niños, y yo, entonces nosotras todavía no tenemos semen, y ella, no seas bruta, ni ahora ni nunca, semen sólo tienen los hombres cuando son viejos como mi padre o tu papi el que está preso, las niñas no tenemos semen ni siquiera cuando seamos abuelas, y yo, qué raro eh, y ella, Sandra dice que todos los niños y las niñas venimos del semen porque este liquido tiene bichitos que se llaman espermatozoides y Sandra estaba contenta porque en la clase había aprendido que espermatozoide se escribe con zeta. Cuando se fue Rosita yo me quedé pensando y me pareció que el tío Rolando quizá había querido decir que la ciudad estaba insoportable de tantos espermatozoides (con zeta) que tenía. Así que fui otra vez a lo del abuelo, porque él siempre me entiende y me ayuda aunque no exageradamente, y cuando le conté lo que había dicho tío Rolando y le pregunté si era cierto que la ciudad estaba poniéndose imbancable porque tenía muchos espermatozoides, al abuelo le vino una risa tan grande que casi se ahoga y tuve que traerle un vaso de agua y se puso bien colorado y a mí me dio miedo de que le diera un patatús y conmigo solita en una situación tan espantosa. Por suerte de a poco se fue calmando y cuando pudo hablar me dijo, entre tos y tos, que lo que tío Rolando había dicho se refería a la contaminación atmosférica. Yo me sentí más bruta todavía, pero enseguida él me explicó que la atmósfera era el aire, y como en esta ciudad hay muchas fábricas y automóviles todo ese humo ensucia el aire o sea la atmósfera y eso es la maldita polución y no el semen que dice el diccionario, y no tendríamos que respirarla pero como si no respiramos igualito nos morimos, no tenemos más remedio que respirar toda esa porquería. Yo le dije al abuelo que ahora sacaba la cuenta que mi papá tenía entonces una ventajita allá donde está preso porque en ese lugar no hay muchas fábricas y tampoco hay muchos automóviles porque los familiares de los presos políticos son pobres y no tienen automóviles. Y el abuelo dijo que sí, que yo tenía mucha razón, y que siempre había que encontrarle el lado bueno a las cosas. Entonces yo le di un beso muy grande y la barba me pinchó más que otras veces y me fui corriendo a buscar a Rosita y como en su casa estaba la mami de ella que se llama Asunción, igualito que la capital de Paraguay, esperamos las dos con mucha paciencia hasta que por fin se fue a regar las plantas y entonces yo muy misteriosa, vas a decirle de mi parte a tu prima Sandra que ella es mucho más burra que vos y que yo, porque ahora sí lo averigüé todo y nosotras no venimos del semen sino de la atmósfera.
FIN

domingo, 7 de mayo de 2017

AMIGAS DE PENSIONADOS Villiers de L’Isle Adam


Amigas de pensionado

[Cuento - Texto completo.]
Villiers de L’Isle Adam
tomado de . http://ciudadseva.com/texto/amigas-de-pensionado/

A Octave Maus
Nada sirve de nada. Y, ante todo, no hay nada.
Sin embargo, todo llega, pero esto es indiferente.
-Théophile Gautier

Hijas de padres ricos, Félicienne y Georgette ingresaron, siendo muy niñas aún, en el célebre pensionado de la señorita Barbe Désagrémeint.
Allí -aunque las últimas gotas del destete humedecieran todavía sus labios-, las unió pronto una amistad profunda, basada en su coincidencia respecto a las naderías sagradas del tocado. De la misma edad y de un encanto de la misma índole, la paridad de instrucción sabiamente restringida que recibieron juntas consolidó su afecto. Por otra parte, ¡oh misterios femeninos!, al punto e instintivamente, a través de las brumas de la tierna edad, habían sabido que no podían hacerse sombra.
De clase en clase, no tardaron en advertir, por mil detalles de sus modales, la estima laica en que se tenían ellas mismas y que habían heredado de los suyos: lo indicaba la seriedad con que comían sus rebanadas de pan con mantequilla de la merienda. De modo que, casi olvidadas de sus familias, cumplieron dieciocho años casi simultáneamente, sin que ninguna nube hubiese nunca turbado el azul de su mutua simpatía, que, por otra parte, daba solidez a la exquisita terrenalidad de sus naturalezas, y por otro, idealizaba, si podemos decirlo, su “honradez” de adolescentes.
Bruscamente, habiendo la Fortuna conservado su deplorable carácter versátil, y como no existe nada estable en este mundo, ni siquiera en los tiempos modernos, sobrevino la Adversidad. Sus familias, radicalmente arruinadas en menos de cinco horas por La Gran Quiebra, tuvieron que sacarlas rápidamente del pensionado, donde, por lo demás, la educación de ambas señoritas podía considerarse como terminada.
Se trató en seguida de casarlas, por medio de anuncios, como supremo recurso, el único arriesgado, sin demasiada locura, en aquella desgracia. Se ponderaron, en tipografía diamantina, sus “cualidades del corazón”, lo atractivo de sus figuras, su gentileza, sus estaturas, incluso su sensatez y sus inclinaciones caseras. Hasta se llegó a imprimir que sólo les gustaban los viejos. No se presentó ningún partido.
¿Qué hacer? ¿Trabajar? Perspectiva poco seductora y de incómoda práctica. Es verdad que Georgette demostraba cierta tendencia hacia la confección; y, por lo que atañe a Félicienne, algo la empujaba hacia la enseñanza. Pero se hubiera requerido lo imposible, a saber: esos primeros gastos de útiles y de instalación, gastos que (¡siempre topando con esa bribona de Adversidad!) sus padres sólo podían permitirse en sueños. Fatigadas de la lucha, las dos muchachas, como sucede demasiado a menudo en las grandes ciudades, una noche, por primera vez, se retrasaron… hasta las doce y media del día siguiente.
Entonces empezó la vida galante: fiestas, placeres, cenas, amores, bailes, carreras y estrenos. Sólo veían a sus familiares para hacerles pequeños servicios, proporcionarles entradas de teatro gratuitas o algo de dinero.
En medio de aquel torbellino de polvo dorado, y aunque sus nuevas ocupaciones las obligaban por conveniencia a vivir separadas, Félicienne y Georgette debían fatalmente encontrarse. Sí, era inevitable. Pues bien, su amistad, lejos de atenuarse a causa de ese cambio de vida, se hizo más estrecha. En efecto, en medio del vértigo del mundo, es agradable poder solazarse, de vez en cuando, con algo puro y honrado, y ese algo lo obtenían, entre ellas, por el sencillo cambio mutuo de una mirada de otros tiempos cargada de inocentes recuerdos de su infancia en la Institución Désagrémeint, noble y casta ilusión cuyo inalienable tesoro afianzaba su simpatía.
La impresión que sacaban con esta respectiva mirada les procuraba -por su contraste y a voluntad- una dulzona melancolía en la que ambas saboreaban por lo menos un resabio de aquella estima laica que les era innata. En una palabra, cada una sentía “que no eran las primeras llegadas”.
Una y otra, como es de rigor, habían escogido desde el principio lo que se llama un “amigo del corazón”, esa cosa sagrada sita en un lugar más alto que todas las cuestiones venales. Cuando se tienen muchos adquirientes, ¡es tan dulce descansar, recobrarse en alguien gratuito! En verdad, ni Georgette ni Félicienne -sobre todo ésta- se sentían muy apegadas a esos preferidos, los cuales en el fondo no eran más que una especie de contrabandistas mezclados de proxenetas. Pero, bien considerado todo, aquellos dos jóvenes de los bulevares, con su elegancia útil, conferían a nuestras inseparables amigas un sello de debilidad atractiva que completaba su seductora morbidez. Un “amigo del corazón”, en efecto, coloca de nuevo en la opinión a toda mujer de costumbres un poco libres. Se oye decir: “¡Cómo! ¿Todavía estás con fulanito de tal?” Y se contesta: “¡Qué quieres! ¡Lo amo!”, lo cual demuestra que, después de todo, una no es de madera. En fin, el “amigo del corazón” es, desde el punto de vista moral, para una mujer ligera de cascos, lo mismo que, por lo que respecta a lo físico, un “hombre guapo” con el cual una se pasea del brazo: forma parte del tocado.
Luego sucedió que -por uno de esos azares que surgen al final de las cenas tan frecuentes en la vida mundana- Georgette fue acompañada a su casa, de madrugada, por el joven Enguerrand de Testevuyde (el “amigo del corazón” de Félicienne), el cual recaló en el domicilio de la joven hasta la hora del aperitivo, circunstancia, claro está, que fue relatada a Félicienne aquella misma tarde, gracias a los buenos oficios de amigas de confianza.
La conmoción que Félicienne experimentó tuvo como primera consecuencia un síncope. Cuando volvió en sí, no dijo nada, pero su tristeza era honda. No acababa de hacerse a la idea de lo ocurrido. ¿Cómo era posible que su única amiga, su otro yo, le hubiese, a sabiendas, arrebatado, no uno de esos señores, sino aquel que era sagrado? El ultraje de aquella inesperada perfidia le parecía tan absurdo, tan inmerecido, tan despreciable, que no merecía su cólera. Y luego no podía comprender que Georgette, incluso impulsada por un histérico enloquecimiento, se hubiese decidido a hacer tabla rasa a la vez de su amistad y del tesoro común de los refrescantes recuerdos que ambas perdían a causa de una riña irreparable. Félicienne se sentía rodeada de un vacío atroz, donde se hundió hasta la infidelidad de Enguerrand. Renunciando a comprender sus amores, cerró la puerta a ambos, sin explicación, porque no le gustaba el escándalo. Y la vida continuó para ella, lejos de aquella pareja de sombras.
La primera vez, por ejemplo, que se volvieron a ver en el Bosque de Bolonia, Félicienne, más que fría, estuvo glacial.
Ambas iban en coche, solas, como es de suponer, en medio de la hilera de carruajes, en la Avenida de las Acacias.
Félicienne miró fijamente, sin saludarla, a su antigua amiga, la cual, ¡cosa extraña!, le sonreía con la encantadora franqueza de otros tiempos. Desconcertada por la actitud de Félicienne, Georgette la miró a su vez con sus bellos ojos límpidos y un aire de asombro tan sincero, que Félicienne se sintió conmovida. ¿Pero cómo hablar con ella delante de la gente? Era necesario reprimirse. Los dos vehículos se cruzaron. Eso fue todo.
Se encontraron, una y otra vez, en algunas cenas. Ciertamente, en tales ocasiones, Félicienne procuraba no dejar traslucir su resentimiento. Sin embargo, Georgette, habituada a las inflexiones de voz de su amiga, no la reconocía y parecía no comprender el motivo de aquella helada reserva.
-Pero, ¿qué te pasa, Félicienne?
-¿A mí? Nada. Estoy como de costumbre.
Decentemente, Georgette no podía ir más lejos, no podía transformar la cena en explicación. A la larga, la vida va hoy tan rápidamente, la despreocupada inconsciencia es tan grande, son tantas las diversiones -y siempre se encontraban rodeadas de gente-, que una y otra, durante más de cuatro meses, se contentaron con resumir, en casa, cada día, con algunos suspiros acompañados de uno o varios furtivos sollozos la pena compleja que ese súbito entibiamiento causaba a sus sensibles corazones y que, por una indolencia sin nombre, no se tomaban la molestia de esclarecer. En realidad, ¿a dónde las hubiera conducido una “explicación”?
Ésta tuvo lugar, sin embargo. Fue después de una función de circo. Ambas estaban solas en un salón particular de un cabaret nocturno, donde esperaban, en silencio, a unos señores.
-En fin -dijo, de repente, Georgette, con lágrimas en los ojos-, ¿quieres decirme, sí o no, qué tienes contra mí? ¿Por qué me causas esta pena, de la que sé bien que tú debes sufrir también?
-¡Oh, puedes quedarte con tu Enguerrand, quiero decir con el señor de Testevuyde! -contestó Félicienne, con sequedad-. En realidad, ya no me interesaba. Pero hubieras podido escoger mejor o prevenirme de que te gustaba. Yo hubiera avisado. No se roba a una amiga el amante de su corazón. Que yo sepa, no he tratado de robarte a tu Melchior.
-¿Yo? -dijo Georgette, con ojos de gacela sorprendida-. ¿Que yo te he robado… y que éste es el motivo…?
-¡No lo niegues! -contestó desdeñosamente Félicienne-. Lo sé. Estoy segura, ¡vaya!, de las cuatro primeras noches que le concediste.
-¡Y hasta podrías decir seis! -replicó sonriendo Georgette-. ¡Fueron seis en total!
-¿De veras? ¿Y por un capricho tan efímero has arruinado nuestra amistad? ¡Te felicito!
-¿Un capricho, yo, y por tu amante? -dijo Georgette en tono plañidero, levantando los ojos al cielo-. ¿Y me has creído capaz de tal perfidia después de quince años de amistad? ¡O estás loca o eres mala!
-Entonces, ¿qué significa tu conducta, a fin de cuentas? ¿Te burlas, pues, de mí?
-¿Mi conducta? ¡Pero si es muy sencilla, mi conducta! ¡Vaya, creo que te empeñas adrede en no comprender!
-¡Está bien, señorita! -dijo Félicienne, levantándose, muy digna-. No me gustan las burlas y le dejo el campo libre.
-¡Pero…! -gritó inocentemente Georgette, llorando-, pero es que… ¡me ha pagado!
Al oír estas palabras, Félicienne se estremeció y se volvió con el rostro resplandeciente de una súbita alegría que hizo centellear el terciopelo de su vestido.
-¡Caramba, Georgette! -exclamó-. ¿Y no me lo escribiste en seguida?
-¡Diablo! ¿Podía yo pensar que tú no habías adivinado, que sospechabas? ¿Sabía yo por qué me ponías mala cara? ¡Pídeme perdón, inmediatamente, por haber pensado que podía traicionarte, mala… bestia! ¡Y besa a tu Georgette!
Ésta se encontraba entre los brazos de su amiga, que ahora la contemplaba con ternura. Ambas cambiaron de nuevo, finalmente, aquella mirada de otros tiempos en la que la estima laica de ellas mismas era evocada en medio de miles de recuerdos de la Institución Désagrémeint.
Orgullosa, Félicienne volvía a encontrar a su amiga siempre digna de ella.
Un poco confusas del malentendido que las había desunido un instante, se estrechaban la mano, sin pronunciar vanas palabras.
Acto continuo, mientras esperaban a aquellos señores, Félicienne pidió una tarjeta postal y escribió al señor Testevuyde para decirle que regresara a su lado y, al mismo tiempo, para informarle que había sido víctima de las malas lenguas. El referido caballero, que al principio se había mostrado ofendido, tuvo el buen gusto de no mantener su rigor ni un minuto más contra su querida Félicienne, la cual, al día siguiente, hacia las dos, en su casa, no dejó de regañarlo por su mala conducta:
-¡Ah, señor! -le dijo, enojada, amenazándolo con el dedo-. ¿Es verdad, pues, que gasta usted todo su dinero con las rameras?
FIN

MÁS CUENTOS DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM


miércoles, 11 de enero de 2017

La mano - Federico Garrido



LA MANO
 FEDERICO GARRIDO (ESPAÑA)
Tomado de: http://www.alegsa.com.ar/Literatura/texto.php?id=33&pag=1


Había visto muchas veces aquella hermosa mano, siempre jugueteaba con ella en las tardes lluviosas de otoño, y mientras el viento lacerante soplaba en la calle, yo acariciaba con suavidad la mano, su mano. Su piel era tan suave, pálida y aterciopelada, y me pasaba horas recorriendo las líneas de la palma o el contorno de las venas con la punta de mis dedos. En ocasiones la cubría totalmente, y la besaba, porque sabía que le gustaba, mis labios no dejaban de humedecer los estilizados dedos y toda la mano. Era simplemente ella, la mano, y ahora mismo la recuerdo sentado en esta celda.

Me viene a la mente como si todavía la tuviera, y solo con recordar su piel, oh su piel , me estremezco, pero aquí no puedo pensar. Ya no sé que va a ser de mí, porque aunque estoy condenado a muerte ya estoy muerto, pues sin ella, sin mi mano, no soy nada, y me diluyo coma el viento en la mañana. como la lluvia en el desierto. No soy nada. Mi mano... Si por algo más que un amor, otros como yo mataron, y destruyeron, y realizaron actos de increíble crueldad, ¿qué no haría yo por esa mano?

Pero... ya lo hice, y por ello me pudro en esta oscuridad malsana. Mi vida no tiene sentido, y escribo estas últimas palabras en la sucia pared de mi celda, como el incompleto testamento de un hombre enamorado. Pero, Dios del Cielo, ¿es pecado amar una mano, y asesinar por tenerla? Ya se acercan los carceleros y ya llega mi hora...me reuniré con la mujer a la que corté la mano y asesiné solo por amor...por su mano...la mano...

La chica de la cámara de fotos Fernando José Palacios León

La chica de la cámara de fotos

recuperado de http://www.encuentos.com/cuentos-para-adolescentes/la-chica-de-la-camara-de-fotos/
Cuando regresé del trabajo había una carta en el buzón. Reconocí la letra con alegría, sabía que no tendría remitente, para que así no pudiera contestarle.
Me senté en la cama dejando el sobre a mi lado, siempre me hacía ilusión recibir cartas suyas, era emocionante ver los folios doblados cubiertos de letras que me dirían algo, era como caminar por la playa y encontrar en la orilla del mar una botella con un mensaje dentro.
Su caligrafía era dura e incorregible, pésima y complicada, transmitía un inmenso desorden emocional, no respetaba los márgenes y había fragmentos en los que la punta del bolígrafo atravesaba la hoja.
Sin embargo, el contenido de su correspondencia era completamente distinto, como si fuese capaz de reflejar su propia alma en un espejo, como esos lagos que invitan a caminar a la mirada sobre la tersura de su superficie, siendo una parte más del cielo.
“Llevo años escribiendo un libro, todavía no sé cuándo lo terminaré, siquiera si tiene algún final. Es algo muy extraño, la gente suele pensar que al hecho de escribir le rodea un halo de magia o de misterio. No es para nada así. No hay nada de mágico en encontrar un momento de soledad, prepararme un café, sentarme en un abandonado silencio, poner música, siempre Mahler y siempre el adagietto de la quinta sinfonía en Do sostenido menor para saber por dónde empezar, quitarme el reloj de pulsera, dejarlo a un lado del ordenador. Y el vértigo, cada vez más acuciado y ensordecedor, de abrir el Word y no saber lo que voy a encontrar de mí mismo allí dentro. Y la tarde detrás de la ventana, y la noche deshaciendo el azul, y tantas veces el amanecer, los coches que se marchan calle abajo, las conversaciones, el traqueteo de una maleta con ruedas sobre la acera, la algarabía de unos niños camino del colegio.
He escrito en tantas casas, en tantas ciudades diferentes, en tantos países y a tantas edades, ha entrado tanta gente en la habitación mientras lo hacía. Una madre, un hermano, un amigo, una llamada de teléfono, un timbrazo en el portero automático, una mujer. Me desanimo al pensar que no concluiré jamás la historia y que he vuelto a borrar un montón de páginas que ya no me decían nada, quizá porque la persona que las escribió ya no existe, porque he cambiado, porque de una página a otra me han pasado demasiadas cosas.
Me apena cuando tengo que dejar morir a un personaje, por accidente o en una solitaria habitación de hospital, que en el fondo es lo mismo, o que el amor dure siempre tan poco. A veces, cuando me siento culpable, rescato a algunos personajes, les doy una vida más pequeña en otro cuento, les escribo algún poema sin que nadie lo sepa. Creo que Dios hizo algo parecido conmigo.
Y me pregunto el porqué de tanto tiempo a solas, el porqué de tanta ausencia necesaria. Cuando pienso en el resto de personas del mundo, con sus vidas, con su ir y venir de allá para acá, con sus planes de futuro, sus muebles y sus casas a plazos, hablando de trabajo, de política o de fútbol, no entiendo cómo pueden vivir sin la escritura, sin la lectura al menos.
O a lo mejor es que, en el fondo, no me comprendo a mí mismo y los cuestiono para defenderme. No importa, termino regresando aquí. Pero ellos, cuando se enteran, hacen preguntas. ¿Cuántos ejemplares has vendido? ¿Con qué editorial lo publicaste? ¿Cuánto dinero has ganado? Suelo sonreír lastimosamente, dar tres o cuatro explicaciones, cambiar de tema, mientras anhelo regresar al adagietto o al Riders on the Storm.
En realidad te escribo porque hoy he visto a una chica haciendo fotos a la ciudad y me he quedado mirándola, ella se ha llevado la cámara al pecho al cruzarse nuestras miradas. Supongo que lo trasnochado de mi rostro le ha infundido miedo y pensaba que fuera a robársela, yo iba camino de la compra y el frío me empujaba a caminar rápido. Ella no sabía que me recordaba a otra mujer. Ella no sabía que iba a formar parte de esta carta, quizá me haya tirado una foto de espaldas o puede ser que haya dejado de hacer fotos por un rato.
¿No te parece increíble? Hacía cuatro grados bajo cero y ella estaba allí tratando de captar un instante, escribiendo con la luz, tratando de encajar la mirada en un encuadre asomada a un puente. ¿Crees que se merece un personaje en el libro o una vida pequeña? ¿Cómo debería llamarla? O mejor dejarlo así, mejor la chica de la cámara de fotos”.
Fin
Fernando José Palacios León

lunes, 3 de octubre de 2016

LA NOCHE DE LOS FEOS - MARIO BENEDETTI

La noche de los feos

[Cuento - Texto completo.]
Mario Benedetti
tomado de:http://ciudadseva.com/texto/la-noche-de-los-feos/

1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pensando?”, pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo cómo qué?”
“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme como un chiflado.”
“Prometo.”
“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
FIN

LA GUACA HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

CUENTO
LA GUACA
HÉCTOR ABAD FACIOLINCE
TOMADO DE: http://www.hectorabad.com/la-guaca/
Resultado de imagen para  GUACAS de pesos y dolares
Cuando mi esposa volvió a enamorarse de su viejo amor, el fotógrafo, y se fue a vivir con él por El Retiro, yo me tuve que quedar solo con los niños. Ella no llamaba ni venía casi nunca, y pasaban meses enteros sin que supiéramos de ella. Los niños lloraban mucho al principio, sobre todo María Isabel, la menor, pero a Juan Esteban, el mayor, le fue entrando una rabia parecida a la mía, que lo llevaba a levantar los hombros cada vez que le mencionaban a la mamá. Ella se fue alejando, tanto de la ciudad como de nuestros pechos, hasta que todos en la casa terminamos refiriéndonos a ella, no con su nombre, que olvidamos, sino con un apelativo más lejano y más justo: la difunta. Yo a ella, a la difunta, no la culpaba del todo por su decisión; ella había querido al fotógrafo desde antes de casarse conmigo, y desde la adolescencia habían planeado que algún día se irían a vivir al campo. Ahora habían realizado su sueño de vida agreste y vivían en esa finca sin teléfono en las afueras de El Retiro, al lado de una quebrada, con caballos y vacas y conejos. Pescaban truchas, paseaban los perros, y se bastaban tanto el uno al otro que casi nunca bajaban a Medellín.
Después del primer estupor del abandono, que me dejó medio loco por semanas, aunque más herido en el orgullo que en el amor, yo me fui acomodando, y a los meses me sentía muy contento de vivir solo con los niños. Contento, pero también preocupado, porque con los horarios del periódico la vida diaria se me volvió imposible. Por un lado, todos los días tenía que despertarlos a las seis para que tuvieran tiempo de bañarse antes de que pasara el bus del colegio, y yo casi nunca podía acostarme antes de la una porque en un día bueno cerrábamos la edición a medianoche, y en los días difíciles el turno se prolongaba hasta más tarde, a veces hasta las dos o las tres de la madrugada. Había noches en que dormía menos de tres horas y después, en el periódico, no era capaz de hacer nada bien y a veces me quedaba dormido encima del escritorio. Yo no tenía que llegar temprano al periódico, podía llegar a las diez o a las once de la mañana, pero me angustiaba también que los niños llegaran solos por la tarde, al salir del colegio, aunque tres veces a la semana venía una empleada, y los otros días venía mi mamá. Lo que pasa es que el periódico es una esclavitud, con turnos de ocho días sin fines de semana, con horarios de doce o trece horas, sin tiempo para estar con los hijos ni revisarles las tareas ni verlos crecer, sin siquiera un minuto para cortarles las uñas.
Las casas, además, se van cayendo cuando no hay una mujer que las gobierne, y de mes en mes mi casa estaba más sucia, más triste, más desordenada. La comida era pésima, había goteras, el timbre no sonaba, la cocina olía a grasa, las matas se secaron. Un desastre. Por todo esto, y porque ya era seguro que la difunta no iba a resucitar, yo le propuse a mi mamá que viviéramos juntos, que compráramos un apartamento grande entre los dos y así ella podía ayudarme más tiempo con los niños, y podíamos dividir todos los gastos, y hasta pagar una muchacha fija que ayudara en los oficios. Mi madre es una señora viuda, jubilada, de más de setenta años, pero fuerte y activa todavía. La idea de vivir otra vez con el hijo, y sobre todo la idea de pasar toda la semana con los nietos, la llenó de un entusiasmo juvenil entre edípico y maternal.
Lo primero que hicimos fue poner en venta la casa donde yo vivía con los niños, por el Estadio, y tuvimos mucha suerte porque un constructor había comprado la casa de al lado y quería también la nuestra para poder levantar un edificio. La vendí bien y puse la plata en el banco mientras mi mamá vendía también su apartamento y juntábamos el capital para comprar algo más grande y mejor entre los dos. Mientras ella vendía, nos acomodamos todos allá, en el apartamentico de ella, por La Floresta, pero como tenía apenas un cuarto, los niños y yo tuvimos que apeñuscarnos en la sala, entre muebles, colchones, cajas de ropa, juguetes y útiles del colegio. Fuera de eso yo había cometido el error, para atenuarles la falta de mi esposa, de comprarles un perro, y entonces éramos cuatro los que teníamos que dormir en el mismo espacio, a veces entre olores que se me hace innecesario describir. Vivíamos muy estrechos, pero menos infelices que antes y con la esperanza de una nueva casa en la que cada uno tendría su cuarto, y en la que todos esquivaríamos la soledad.
Yo mismo vi el aviso en el periódico. Me llamó la atención porque el anuncio era más grande de lo habitual, y hablaba de una urgencia por motivo de viaje al exterior. Además recibían alguna propiedad de menor valor como parte de pago. Ofrecían un apartamento enorme, casi de trescientos metros cuadrados, en una loma alta por El Poblado arriba, y por una cifra que parecía como del Estadio, el barrio más modesto donde nosotros habíamos vivido siempre. Llamé a la inmobiliaria, les informé lo que podía darles de contado, el apartamento que teníamos para entregar como parte de pago, y por teléfono la cosa les sonó. Esa misma tarde fui a ver la propiedad, una Unidad Cerrada con uno de esos nombres absurdos hispano-colombianos que ponen por aquí: Guaduales del Guadalquivir. El apartamento era demasiado para nosotros, en todos los sentidos: demasiado grande, demasiado lujoso, de una ostentación excesiva. Yo tenía un Mazdita verde lora, que a mí me parecía una finura, pero ni me imaginaba los carrazos que había allá parqueados, puras burbujas blindadas y jeeps metalizados. La Unidad tenía piscina, además, y zona de juegos, parque, sauna, jacuzzi, pista para trotar, todo eso. Lo increíble es que el precio era tan bueno que yo no tenía que encimar mucho; bastaba que hiciera una hipoteca pequeña, de menos de veinte millones, y la compra se podía hacer. Al otro día, un sábado, fuimos a verlo con mi mamá y con los niños, y todos estábamos felices porque jamás habíamos ni soñado con poder vivir en un sitio tan amplio y tan lujoso. No es que el apartamento fuera de buen gusto: los pisos eran todos de mármol, de pared a pared, un mármol verde oscuro, frío y brillante como la lápida de una tumba. En los techos había molduras de yeso con adornos barrocos pintados en un dorado de gusto peor que regular; los grifos de los baños eran cisnes inmensos bañados en oro, y los sanitarios, más que inodoros, parecían tronos. El cielo raso del cuarto principal era un mosaico cursi-erótico de espejos que yo ya no tendría con quién usar, y en el vestier, al lado, había también una gran caja fuerte empotrada, que se podía camuflar detrás de los vestidos y donde nosotros no teníamos nada que guardar, ni joyas heredadas, ni ahorros ni cubiertos de plata ni acciones de Coltejer.
El lunes llamamos para decir que estábamos interesados y nos dieron una opción mientras yo me ponía a hacer vueltas en el banco para que me prestaran, sobre una hipoteca, los dieciocho millones que nos quedaban faltando. Todo salió muy rápido y llegó el día en que teníamos que ir a firmar la promesa de compraventa. Esa vez nos recibió el gerente de la inmobiliaria, nos hizo pasar a su despacho, nos ofreció café y gaseosa, hasta me preguntó si no querría un whisky, y luego empezó a hablar. Que él quería ser muy franco con nosotros, nos dijo. Que todo era legal, que no había ningún inconveniente, pero que el apartamento tenía un problemita, un problema menor, en realidad, pero que él no quería que un periodista (y me miraba a los ojos) y menos que una señora mayor (y aquí miraba a mi mamá) fuera a comprar las cosas sin saberlo todo.
Ustedes recordarán que entre el 92 y el 93, después de que Pablo Escobar se escapó de su propia cárcel, la Catedral, se desató en Medellín una guerra a muerte entre la gente del Cartel, la de Escobar, y un grupo clandestino que se llamaba los Pepes (perseguidos por Pablo Escobar), que eran una especie de confusa mezcolanza entre servicios de seguridad del Estado, la CIA, la DEA, los notables, los paramilitares, algunos informantes del Cartel de Cali, o mejor dicho hasta el Putas, como se dice aquí. En esos años, uno tras otro, habían ido cayendo todos los cuadros de la organización de Escobar, desde sus abogados hasta los especialistas en comunicaciones, desde los choferes y los mayordomos hasta los jefes de seguridad y los sicarios a su servicio. Pues bueno, nos informó el señor de la inmobiliaria, el apartamento que ustedes van a comprar, era propiedad del mayor de los hermanos Foronda, Carlos Mario Foronda Zuluaga, mejor conocido en el ambiente mafioso como Pistoloco. Él, reconoció el gerente, había sido el jefe de sicarios de Escobar, y pocos meses después de que Pablo se escapara de la Catedral, en el 92, había sido asesinado por los Pepes ahí mismo, en Guaduales del Guadalquivir, en el apartamento que nosotros queríamos comprar. La viuda de Foronda, Katia Moreno, era una ex modelo que en el pánico de las semanas sucesivas se había tenido que ir a vivir a Buenos Aires, a las carreras, y ahora estaba vendiendo, a precio de huevo, todo lo que le había correspondido de herencia por su marido muerto: fincas de recreo, haciendas, casas, apartamentos, carros, caballos, cuadros del maestro Ramón Vásquez, de Manzur y de Guayasamín…
Mi mamá y yo nos asustamos un poco con la noticia, pedimos otro día para pensarlo mejor y consultar. Mientras ella consultaba con un abogado de confianza, y averiguaba con él detalles sobre la ley de extinción de dominio, la que expropia propiedades de narcotraficantes, que quizás nos podría afectar, yo iba a estudiar el caso de Pistoloco en los archivos del periódico. Por el lado de mi mamá, resultó que era muy improbable lo de la expropiación. Según el abogado el riesgo era mínimo, y comprarle a la modelo no era siquiera una falta moral. Eso nos dijo.
Yo por mi parte encontré, en distintos periódicos de enero del 93, alguna información. Lo del asesinato de Foronda había sido en realidad una masacre, y bastante macabra. Aprovechando que estaban en fiestas de fin de año, el mismo 31 de diciembre del 92, poco antes de las doce de la noche, llegaron al condominio Guaduales del Guadalquivir, tres automóviles blindados seguidos por tres motos. Después de inmovilizar al portero de la Unidad, unos quince hombres bajaron de los carros y de las motos, subieron hasta el piso trece del edificio, tumbaron de un almadanazo la puerta del penthouse de Pistoloco, inmovilizaron a las catorce personas que allí se hallaban reunidas (en plena rumba de fin de año y en honda borrachera del tipo sentimental), las hicieron tender boca abajo, les amarraron las manos con alambres y procedieron a ultimarlas una por una con un tiro en la nuca y otro en el abdomen. Entre los muertos, además de Pistoloco, había cinco modelos de una reconocida casa de desfiles de Medellín, todas menores de veinte años, tres músicos integrantes del trío Los Únicos de Envigado, cuatro amigos o guardaespaldas del mismo Pistoloco, ninguno de los cuales alcanzó a reaccionar, y un niño de once años, identificado como Wílmar Foronda Moreno, al parecer hijo de un matrimonio prematuro de Pistoloco con una mujer que no se hallaba presente en la fiesta de año nuevo. La madre de este niño se llamaba, según el periódico, Katia Moreno, ex modelo, y era la misma que ahora tenía a su nombre la escritura del apartamento. Lo único que el gerente no nos había dicho era el número de muertos que había habido en el apartamento. Nada se sabía sobre la identidad de los asesinos, salvo que eran los Pepes, y lo único que el portero declaró es que dos de ellos, al salir, estaban discutiendo sobre la muerte del menor. “¿Por qué mataste al niño, güevón?” decía uno. Y, según el portero, el otro Pepe le contestó: “No se puede dejar vivos a los hijos, porque esos, cuando crecen, son los que lo matan a uno después.”
Claro que a mí no me gustó lo que había sucedido en ese apartamento, pero ya había pasado mucho tiempo, casi dos años, y a la gente las cosas se les van olvidando. Yo no soy de los que cree en sitios salados, y menos en fantasmas. Un apartamento como ese valía más de doscientos millones y a nosotros nos lo estaban dejando por ciento cuarenta. La gente tiene agüeros y cuando uno quiere vender algo así, sobre todo si tiene afán, toca bajar el precio. ¿Ustedes qué habrían hecho? Eso lo discutimos mi mamá y yo toda la noche, qué hacer, aceptar o no aceptar, comprar o no comprar. El cambio era muy bueno, de La Floresta a El Poblado. En la madrugada resolvimos que sí, que lo comprábamos de todas maneras, sin contarles, claro, nada a los niños de lo que había pasado allí. Por el dinero que teníamos no podíamos conseguir nada mejor, difícilmente podríamos tener algo tan cómodo; ese apartamento era hasta más de lo que necesitábamos para vivir, y si algún día, años después, lo quisiéramos vender, quién se iba a acordar siquiera de que alguna vez había existido un tipo al que le decían Pistoloco. Cerramos los ojos y nos metimos en la compra. Lo único que quedaba de los catorce muertos era, sobre el mármol verde de la sala, algunos bordes despicados en el piso, y un montón de pequeños orificios mal remendados con masilla teñida. Encima de todo eso pusimos un tapete de flores, y no lo pensamos más.
Cuando nos mudamos, los primeros meses, la vida práctica se nos hizo mucho más fácil, mis hijos se adaptaron de inmediato al lugar, no había tarde que no bajaran a la piscina, prendían el sauna aunque no aguantaran ni un minuto adentro, y cuando se aburrían montaban en ascensor. Los fines de semana que yo no iba al periódico pasábamos horas jugando con raquetas en el jardín. La difunta llamaba como mucho cada mes. Un matrimonio con la propia madre tiene sus ventajas. Hay menos celos y mayor libertad; el amor y la conveniencia no son contradictorios, en este caso; es saludable para la psicología de los niños y para la salud mental de la persona mayor. Nos adaptamos muy bien a la Unidad, donde lo único que desentonaba era mi carrito verde lora, que por el momento y con el sueldo del periódico no podía ni pensar en cambiarlo. De hecho todo marchó sin contratiempos durante más de seis meses, hasta que sucedió el episodio por el que ahora somos otros, no sé si mejores o peores, pero otros.
Todo empezó un domingo por la mañana, después de la circunstancia más banal. Mi hija, al volver de bañarse en la piscina, se había lavado el pelo y quería usar el secador en mi baño, el de la alcoba principal. Al conectar el secador al enchufe (que nunca habíamos usado hasta ese día), éste no funcionó. Yo, que tengo espíritu de todero y cuando se tapan los lavamanos sirvo de plomero, y cuando hay un corto circuito me improviso electricista, empecé a desmontar el enchufe para revisar la instalación. La sorpresa inicial fue más bien una pequeña curiosidad, una sensación de extrañeza que se volvió asombro. Detrás de la tapa del enchufe, en lugar de los alambres consabidos, había un doble fondo. Debajo del enchufe se desprendía una tablita de madera, pintada igual que la pared. Al quitar la tabla, al fondo, se veía la cerradura de una caja fuerte, con llave. Era rarísimo. Cuando nos habían hecho entrega del apartamento, además de las llaves de todas las puertas y del ascensor, nos habían entregado también la clave de la caja fuerte, que abrimos y estaba vacía, por supuesto, pues la ex modelo se había llevado todas sus pertenencias a Argentina. Habíamos vuelto a cerrar esa caja, vacía, que a gente como nosotros no nos servía para nada. Nadie nos había hablado de otra caja fuerte secreta. Probé la misma clave de la caja fuerte externa, y funcionó, era igual, pero por el pequeño orificio que dejaba la abertura detrás del enchufe, solamente se podía meter el brazo. Metí la mano hasta el fondo y lo primero que saqué fue un papel. Parecía un naipe con la foto de un señor. Yo al mirarlo creí que era Drácula y me imaginaba que había algún secreto ahí, implementos para algún rito satánico o cosas así. Miré por detrás del naipe y ví que tenía la oración del Padre Marianito, beato reciente de Santa Madre Iglesia. Volví a meter la mano y lo que salió fue un escapulario y otra estampita, esta vez del Señor Caído de Girardota. Insistí, moviendo la mano en la oscuridad. Al tacto se distinguían varios paquetes pequeños, forrados en plástico. Saqué uno. Yo no sabía bien qué era eso, nunca había visto nada así, era como una pequeña tableta de chocolate, pero pesaba mucho, era dorada. Me quité los anteojos y leí las letras diminutas. En un troquelado minúsculo decía 24K, decía 101,3 gr. Mi corazón se aceleró. Metí la mano otra vez. Había varias montañitas bien apiladas de estos pequeños lingotes de oro, todos de distinto peso, aunque todos entre 98 y 103 gramos. Saqué algunos; eran muy parecidos, pero no los conté. Yo estaba solo en el baño, en cualquier momento entraría María Isabel a preguntarme si ya había arreglado el enchufe. Tiré adentro los lingotes que había sacado, las estampas del padre Marianito y del Señor Caído, cerré la caja fuerte, acomodé lo mejor que pude la tabla de tríplex (ahora no era perfecta, se veían los bordes) y puse otra vez el enchufe apretando los dos tornillos con el destornillador. Las manos me estaban temblando y mi respiración parecía la de uno que acaba de llegar de trotar. No quería que los niños se enteraran de nada. María Isabel se secó y alisó el pelo en el cuarto de ella y cuando los niños, al fin, salieron al jardín, llamé a mi mamá y le conté el hallazgo. Volví a quitar el enchufe, la tablita, abrí la caja fuerte con la clave que me sabía de memoria, metí la mano y ya no saqué las estampas; le mostré las pastillas solamente.
La reacción de los dos era, al mismo tiempo, de miedo y entusiasmo, de júbilo y pecado. Era una sensación a medias entre el robo y el golpe de suerte. Era como ganarse la lotería. A los dos se nos salían gritos de alegría y de incredulidad. Volví a meter la mano, más hacia el fondo, con el brazo hasta el hombro. Había paquetes de consistencia muy distinta. Saqué uno. Era un fajo delgado de dólares, cien billetes de cien dólares, bien empacados con una banda de papel en la mitad. Yo no lo podía ni creer. Hacíamos cuentas mentales, cien por cien, es un cien más dos ceros, o sea diez mil, y diez mil dólares, en esos días, eran como quince millones de pesos. Metí la mano y empecé a sacar fajos y más fajos, entre los que a veces salía enredado algún lingote. Las sumas y las cifras crecían en la cabeza, enloquecidas, como fuegos artificiales. Yo sentí un vértigo, como lo que se siente desde la parte más alta de la rueda de Chicago. Sacaba y sacaba montones de fajos, pero al tacto se percibía que había aún muchos más. En ese momento sonó el timbre y los volvimos a meter precipitadamente en el mismo sitio. Yo nunca había tenido miedo de que me robaran nada (¿qué me iban a robar?), pero antes de abrir la puerta miré bien por el ojo mágico para estar seguro de que fueran mis hijos, que volvían del jardín, y no algún ladrón. Cuando entraron, por primera vez desde que vivíamos ahí, le di vuelta a la llave y puse la cerradura de arriba, la de seguridad.


Montreux

2

Nunca nadie entendió, en el periódico, qué había pasado con Carlos Mario Yepes, el editor de Nación, a quien un día de abril de 1995 se lo tragó la tierra. Después de un período muy duro, cuando lo dejó su mujer, había vuelto a ser feliz. Había comprado con doña Ana, su madre, un apartamentazo por El Poblado arriba, y allá vivía feliz, como un rico, con ella y con los niños, hasta que un día, como por arte de magia, desapareció, se lo tragó la tierra. A mediados de abril, unos seis o siete meses después de haberse mudado de casa, no volvió al periódico, y toda la familia desapareció. Ni sus compañeros de trabajo ni sus mejores amigos sabían nada. La policía inspeccionó el apartamento, pero no encontró ninguna cosa que llamara la atención, ningún indicio, ni el más mínimo rastro que explicara su partida. Nunca volvió a saberse nada de ellos en todo Medellín: ni en Guaduales del Guadalquivir, ni en el colegio de los niños, ni en la parroquia donde oía misa la mamá, ni en el periódico, ni en ningún pueblo o ciudad del país. Tanto en el periódico, como en Medellín, se insinuó que la desaparición del periodista, de sus hijos, y de su señora madre, podía tener alguna relación con el asesinato de Pistoloco. Ese apartamento tenía algo, debía estar salado, y ahí seguiría para siempre como un sepulcro vacío, con las puertas cerradas. Se pensó, se dijo y se publicó que tal vez su desconcertante final tendría alguna relación con los sucesos sanguinarios del famoso penthouse. Sólo ahora, más de diez años después, se puede revelar el paradero de sus cuentas, de sus cuerpos e incluso de sus almas.
La casa tiene tres plantas y se levanta en las armoniosas colinas que se asoman al Lago de Ginebra. La ciudad se llama Montreux y es célebre, entre otras cosas, porque allí se realiza uno de los más prestigiosos festivales de jazz del mundo, y porque aquí vivió la última parte de su vida, en una suite del Hotel Palace, el gran escritor ruso Vladimir Nabokov. La colina, en esta parte del lago, mira al costado meridional, lo que hace que la casa sea menos fría en invierno, y llena de una luz paradisíaca en los meses más cálidos del año. Cerca de allí hay viñedos, queserías, castillos, museos, teatros. Una mansión así, en ese sitio, con esa situación, no te la muestran por menos de un millón y medio de dólares.
Según documentos auténticos, los ocupantes de la casa, y legítimos dueños, se llaman Carlo Tomasinelli, un señor cincuentón, y Anna Olivieri, una ancianita de más de ochenta años, aunque vivaz todavía. Con ellos viven dos adolescentes, hijos de él, nietos de ella, en edad escolar, que asisten a los últimos años del colegio público de Montreux. El padre y la abuela, a pesar de sus nombres, no hablan ni una palabra de italiano. Tampoco saben alemán, y su francés es torpe y elemental. Unos cuantos monosílabos y algunos sustantivos de la vida práctica. Los muchachos, en cambio, dominan el francés, el alemán, y se burlan en toda ocasión de los mayores, que en la vida familiar conversan siempre en antioqueño. Son dos niños alegres, Isabella y Stephan, aunque quizá un poquito más morenos que la mayoría de sus compañeros suizos, exceptuando hindúes y africanos.
Don Carlo y doña Anna están acodados a la amplia terraza que mira al apacible lago de Ginebra. “¿Qué es lo que más te gusta de Suiza?” le pregunta el hijo a la madre, y ella contesta: “La limpieza.” “¿Y lo que menos?” “Lo mismo, la limpieza.” Suspiran. Se quedan callados. Del interior de la casa sale una música exótica para estas tierras: vallenatos.


Héctor Joaquín Abad Faciolince (Medellín, 1 de octubre de 1958) es un escritor y periodista colombiano, mejor conocido por sus libros Angosta, que obtuvo en abril de 2005 en China el premio a la mejor novela extranjera,1 y El olvido que seremos, sobre la vida y asesinato de su padre Héctor Abad Gómez, que fue otorgado el premio Casa de América Latina de Portugal por el libro como mejor obra latinoamericana y el Premio Wola-Duke en Derechos Humanos. Además ha recibido un Premio Nacional de Cuento, una Beca Nacional de Novela (1994) y dos Premios Simón Bolívar de Periodismo de Opinión (1998 y 2006).